Enciendo una vela para que acompañe la soledad de mi espíritu. Leo y pienso en el suicidio, por momentos también pienso de forma macabra en la destrucción. Mis ojos cambian de estado, porque es como si la depravación y la inocencia fueran estados en el ser humano que solo los ojos pueden reflejar. Los míos pasan de una fase de pureza a una corrompida, de amor a odio. Amo a todas las cosas con intensa pasión y luego las detesto con igual aborrecimiento.
Continuo mi día tratando de encontrar en las personas algo que prolongue mis deseos de vivir un tiempo más, una sonrisa, un gesto de humanidad, esa patética esperanza que tenemos los hombres de ver una antorcha que espera ser encendida en cada ser humano.
Vuelvo a casa desilusionado, hubiera querido ser feliz, en fin la soledad me acompaña y descanso entre mis descabelladas pesadillas en las cuales grandes sombras caen sobre mi, me envuelven y me hacen tiritar. Es tan fuerte la tristeza que producen que enseguida caigo entre sollozos. Pareciera que el llanto luchara por expulsar la angustia opresora de aquellas sombras, pero mis lamentaciones no alcanzan, entonces pierdo el control de mis sentidos, no puedo llorar más, no puedo mover mi cuerpo y la oscuridad entra por cada poro, por cada parte de mi carne buscando algo más profundo, buscando mi corazón que es la entrada a la esencia misma de mi existencia. ¡Es la luz contra la oscuridad! El dolor no cesa, ya sentí como toda mi carne era lentamente desintegrada, no son células las que mueren sino lo más humano de mí ser.
Repentinamente despierto otra ves en un plano material, real. Entre mis sabanas ásperas y polvorientas volviendo a comenzar con la rutina existencial de la decadencia de un hombre abatido por la desesperanza.
Damián Zárate 19/05/08
Recuérdenme.
